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Manuel
Domínguez Moreno
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Economía
para el cambio
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Sin
realidad no hay utopía
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| CUANDO
ME HE REFERIDO a que la democracia, entendida como el gobierno del
pueblo para el pueblo, es un método desvirtuado que perpetúa un
modelo político injusto que ha encontrado su máxima expresión en
la crisis, ese fallo sistémico que comenzó siendo económico, tras
el estallido de la burbuja financiera, y se extendió rápidamente
hasta afectar a la organización social en su conjunto, impulsando
un cambio de paradigma cultural, sólo he pretendido denunciar el
deterioro político y el cada vez más alarmante desprestigio de lo
público en una estructura de poder desideologizada, excesivamente
jerarquizada y de baja calidad democrática, una degeneración que
no sólo limita lo participativo y da alas a las dictaduras sino
que además pone en solfa los principios éticos y los valores morales
que sostienen derechos inalienables y todo un conjunto de normas
y procedimientos así como un corpus legal que garantizan la libertad,
la igualdad y una configuración independiente de poderes en la que
se persigue y se castiga la corrupción y la impunidad, el crimen
organizado y el delito en todas sus manifestaciones. La corrupción
es la traición suprema al pueblo y su soberanía y sólo en tales
circunstancias, agravadas por el totalitarismo, es legítimo sublevarse
hasta la rebelión civil. La soberanía nacional, esa expresión máxima
de la voluntad popular que se concreta en el poder civil, ha experimentado
tal dejación de responsabilidad que ese espacio político reservado
a la democracia ha sido ocupado por una soberanía financiera que
emana del poder económico y cuya representación suprema es el valor
del dinero y la pujanza de la oligarquía del capital. Se impone
pues una regeneración democrática que signifique la instauración
de un proyecto social capaz de ilusionar a una ciudadanía que para
ello deberá recuperar el espacio público que ha cedido y, en consecuencia,
el poder y la soberanía de los que ha sido despojada. No vamos a
conseguir este cambio tan necesario si seguimos dejándonos acunar
en el pensamiento único, si renunciamos a formular ideas, a crear,
a criticar, a disentir, a expresarnos. Es preciso que reconozcamos
la indignidad en el espejo de la conciencia porque la utopía es
posible, tanto como otro mundo. Sin embargo, para que exista la
utopía es necesario identificar la realidad y admitir que queremos
transformar esa realidad. El problema no es tanto la obscenidad
de un capital que dispara los despidos y multiplica los beneficios
como la negación de la dimensión ética del individuo y la degradación
de su condición humana, su cosificación en la sociedad en la que
el bienestar se arrodilla ante el consumo y la justicia mira hacia
otro lado y se lava las manos ante tanto desmán. Cuando los pueblos
se han levantado para tomar el poder lo han hecho siempre bajo el
signo de la ilusión, con determinación y aun con fe en el futuro.
Decía Kierkegaard que la vida sólo puede ser comprendida mirando
hacia atrás, pero únicamente se puede vivir mirando hacia adelante.
La historia nos enseña que sólo los pueblos que han renunciado a
la libertad, al poder y a su soberanía, son incapaces de aprender
de sus errores y acaban condenados a la esclavitud y la injusticia.
Ya no es posible seguir alimentando al monstruo porque la rabia
nos ha hecho superar el miedo. La razón está de nuestra parte. Sólo
nos queda la insurrección civil. ¡Ojalá no sea demasiado tarde! |
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