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Texto: Diego Caballero
La reforma laboral, en vía muerta, obliga a intervenir al Gobierno
Diálogo de sordos

Los plazos, dilatados una vez tras otra, se agotaron sin que los agentes sociales alcanzaran el acuerdo. Los sindicatos temían lo peor, que Zapatero escuchara mejor por el oído derecho que por el izquierdo, facilitando así el despido a las empresas en dificultades. Rajoy no está por colaborar con el Gobierno en la salida de la crisis. Tan sólo le vale el adelanto de las elecciones

La soledad del Gobierno se escenifica a golpe de decretazo, ya sea el plan de ajuste para reducir el déficit o la reforma laboral, que ha permanecido estancada durante dos años. Los sindicatos mayoritarios, dado que el Ejecutivo socialista impuso su modelo al no haber al final acuerdo entre los agentes sociales, se preparan para la huelga general en el peor momento del presidente Rodríguez Zapatero y en el mejor de Mariano Rajoy, al que las encuestas dan ya vencedor por mayoría absoluta, a pesar de los casos de corrupción que afectan al PP en varias comunidades autónomas.
Primero se puso la fecha del día 11 para aprobar una reforma laboral que pivota sobre el coste de la contratación y la indemnización por despido. En vista de las dificultades existentes se alargó el plazo hasta mediados de junio para perfilar las cuestiones técnicas y legislativas. Como el pacto no se produjo, el Gobierno llevó el 16 de junio al Consejo de Ministros un decreto que generaliza un nuevo contrato de trabajo indefinido con una indemnización por despido improcedente de 33 días frente a los 45 días actuales. El empleado podrá perder su trabajo y percibir una indemnización de 20 días si la empresa acredita sus dificultades económicas. El consenso era la mejor vía, pero ni la patronal ni los sindicatos estaban por la labor.
Se agotaron los plazos. El clima ha sido de desencuentro. Las centrales mayoritarias, CCOO y UGT, no aceptan un decreto que contempla el abaratamiento del despido y se proponen movilizaciones masivas y contundentes que conduzcan a la huelga, tras el fracaso del paro de los funcionarios por los recortes salariales. El ministro de Trabajo, Celestino Corbacho, se incorporó a la negociación por indicación directa del presidente, que suspendió un viaje a Brasil para estar al corriente de lo que acontezca.
En CCOO se temían lo peor, lo que ha pasado, que el Gobierno ha escuchado mejor por el oído derecho que por el izquierdo. Los márgenes de discusión entre los agentes sociales han estado siempre muy reducidos. El principal escollo hace referencia al despido, ya sea en la pretensión empresarial de revisar sus causas, en la de abaratarlo o en la de generalizar el contrato de 33 días. Tres aspectos que convergen en lo mismo, una suerte de desprotección de derechos del trabajador, cuando no hace mucho que el Ejecutivo repetía sin altibajos que ellos nunca serían los perjudicados de una crisis que no crearon.
Y eso que los sindicatos han hecho propuestas en la mesa del diálogo social que iban en la dirección de facilitar el coste del despido, o de abaratarlo, pero sin que eso supusiese pérdida de derechos indemnizatorios. La fórmula planteada por las dos centrales consistía en que el Fondo de Garantía Salarial (Fogasa), que impera para las empresas de menos de 25 empleados, repartiese un 60 por ciento a cargo del patrono y otro 40 por ciento a cargo del propio fondo. De esta manera al empresario le saldría más barato el despido, siempre que esté justificado, y el obrero no perdería derechos indemnizatorios. La patronal no aceptó, buscaba explotar el miedo a la crisis para sacar ventaja. En estas condiciones la llamada a la huelga general estaba cantada.


Artículo Completo en Cambio Financiero Nº24

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