| Manuel
Domínguez Moreno | Económia
para el cambio | |
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Sin
liquidez no hay solvencia
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| Dada
la conjunción de elementos naturales y la multiplicación
de su capacidad destructiva, Vladimir Putin calificó la
crisis global en la última reunión de Davos —la cumbre
de los fracasados— como una tormenta perfecta, y agregó
que los países deberían tratar de evitar la creencia ciega
de que el Estado puede resolver todos los problemas. Así,
instó a los gobiernos a evitar caer en el aislacionismo
o el egoísmo económico. Es lo que el Nobel de Economía
Joseph Stiglitz, tan crítico con el capitalismo, había
advertido cuando se refería al desvío de lo real como
síntoma de un apocalipsis neoliberal al que irremisiblemente
nos dirigimos víctimas de un descarrilamiento económico
que ha exacerbado los problemas financieros. Tiene razón:
la crisis de Wall Street es para el mercado lo que la
caída del muro de Berlín fue para el comunismo. El pánico
es más contagioso que la peste y se comunica en un instante,
como apuntaba otro ruso, el inmortal Gogol. Es la hora
del Estado, del poder del Estado, para imponer unas normas
y unos controles que fallaron clamorosamente con la burbuja
en la que se instaló el dinero. No se trata de volver
al proteccionismo a ultranza, tan perjudicial para los
mercados y el desarrollo económico, pero sí recordar lo
que ya señaló hace más de dos siglos Adam Smith al puntualizar
que el beneficio no era el único fin de la economía de
mercado y que cuando se entrona el beneficio por encima
de otras motivaciones como la utilidad pública, la generosidad,
el compromiso social o la generación de riqueza y bienestar,
la codicia empuja al dinero a revestirse de un poder omnipotente
y autoritario que anula los poderes legítimos y eleva
a la tiranía a los dictadores públicos y privados. Otro
Nobel, el economista y filósofo indio Amartya Sen, está
convencido de que como toda crisis humana, la económica
es una crisis moral porque la gente ha utilizado la codicia
de manera imprudente, haciéndose daño a sí misma. Su tesis
es que se trata de una crisis de prudencia además de una
crisis moral, en la que ha fallado el control social.
Sabemos quiénes son los responsables de una recesión que
ya apunta hacia la temida deflación. Por eso, desde el
Estado se inyecta dinero a los bancos, arrastrados también
hacia el vacío y la quiebra por unos activos tóxicos que,
no es que estén contaminados, es que sencillamente no
valen nada. Parecía que se habían salvado de la quema,
pero tienen las manos atadas porque deben hacer frente
a su propia deuda. El dinero inyectado sólo sirve para
maquillar sus balances. Por eso no dan crédito. Por eso
no hay liquidez y la economía real se asfixia sin remedio.
El problema no es de liquidez, que también, sino de confianza
y solvencia. La financiación de las empresas y de las
familias debe garantizarse al margen del circuito bancario,
que seguirá así hasta que sanee sus propias cuentas. Aquí
está de nuevo el desvío de lo real. Es cierto que la crisis
ha dañado la solvencia de algunas empresas pero la mayoría
siguen siendo negocios rentables fatalmente estrangulados
por la falta de liquidez. Aquí ya no se trata de una cuestión
de paciencia sino de dinero y lamentablemente los bancos
no lo van a poner en circulación. El Estado deberá asumir
a través de su estructura administrativa la inyección
de capital suficiente para que las empresas y las familias
sobrevivan y debe hacerlo con urgencia porque la economía
real se está desmoronando. La derrota es siempre una situación
temporal, pero se puede convertir en permanente si conduce
a la rendición. Si para poner el dinero en circulación
debe endeudarse, que lo haga. Será la única forma de salir
del atolladero y volver a la confianza y la solvencia.
Luego, con la obra pública, vendrá la creación de puestos
de trabajo y la recuperación. Ahí radica la esperanza
que, como decía Francis Bacon, es un buen desayuno pero
una mala cena y, ya se sabe, en palabras de Benjamin Franklin,
es preferible acostarse sin cenar que levantarse con deudas. |
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Nº
9 febrero 2009
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Manuel
Dominguez Moreno
Sin
liquidez no hay solvencia |
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Fernando
Iriondo Oa
Horizontes
de deflación
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Juan
Jesús Gómez
¿Qué
podemos esperar de 2009? |
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Ramon
Carner
Sobre
Spanair y el aeropuerto de El Prat |
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Ramon
Vilaró
Los
oráculos de Davos |
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