| Manuel
Domínguez Moreno | Económia
para el cambio | |
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Tenía
la conciencia limpia de no usarla
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tiempos de crisis se hace necesario creer en el azar,
no porque el encadenamiento fortuito de situaciones casuales
pueda determinar un efecto concreto o para escapar de
la denominada teoría del caos, ya saben: una mariposa
bate las alas en Hong Kong y se produce un tsunami en
Nueva York. Bendito sea el caos, decía Tierno Galván,
porque es síntoma de libertad. El escritor norteamericano
Stephen Leacock es de los que creen en la suerte y descubre,
cada mañana, que cuanto más trabaja, más suerte tiene.
Triste destino el de una época que tiene que confiar su
dignidad al sorteo global de conciencias y libertades
cuando la esquiva fortuna no alcanza siquiera para la
pedrea de los derechos universalmente reconocidos. Hemos
llegado hasta aquí porque no sólo hemos apostado todo
al mercado y a su capacidad autorreguladora, a todas luces
insuficiente a la vista de los resultados, sino fundamentalmente
porque hemos dado la espalda al pensamiento y vendido
nuestra ética al mejor postor. Que la corrupción y la
inmoralidad socaven la conducta de quienes hacen del soborno
un requisito indispensable para el negocio resulta en
extremo preocupante en las dictaduras privadas, es decir,
en las multinacionales sin escrúpulos que usurpan el poder
deslegitimando sistemas y gobiernos, pero que esta misma
praxis repugnante invada la cosa pública es el síntoma
más evidente de que la sociedad y los valores que la sostienen
se desmoronan. Cuando los viejos paradigmas ya no sirven
es preciso sustituirlos por otros. El capitalismo a ultranza
y su ideología neoliberal nos han conducido a este callejón
sin salida. Será preciso armar una ideología capaz de
transformar el mundo, un pensamiento al que agarrarnos
cuando todo se hunde a nuestro alrededor. Todos esos cargos
públicos que desde el Estado horadan el sistema y corrompen
todo lo que tocan, aquéllos que según Stanislaw Jerzy
tienen la conciencia limpia porque no la usan nunca, no
son sino un cáncer que es preciso combatir con la quimioterapia
de la ley para evitar que su metástasis arrastre a otros
al delito. A todos esos dictadores, desde lo público o
desde el ámbito privado, no hay que tenerles miedo pues
no les asiste razón alguna, más bien al contrario, se
valen de la mentira y la adulación hipócrita para conculcar
nuestros derechos. José Saramago, en su última novela
El viaje del elefanteentiende bien a estos farsantes porque
es capaz de diseccionar la condición humana y saber dónde
se encuentra la verdad y dónde el engaño. Por eso afirma
que una adulación repetida acabará inevitablemente resultando
insatisfactoria, y por tanto será como una ofensa. Que
nadie se atreva a emporcar nuestra honradez y honestidad.
Que nadie pisotee nuestra inocencia. A los de las comisiones
y las coimas ad libitum es preciso denunciarlos públicamente,
señalarlos con el dedo, mucho más si son funcionarios
y en consecuencia están sujetos a la ley, que a sus estafas
y desfalcos los grava con títulos como prevaricación y
cohecho. El malogrado John Kennedy Toole, que describió
de forma implacable e hilarante los Estados Unidos de
la Gran Depresión y que tenía como autor de cabecera al
clásico Severino Boecio y su consolación por la filosofía,
defendía en La conjura de los neciosque habría que imponer
un régimen de fuerza en el país para impedir que se destruya
a sí mismo: “Los Estados Unidos necesitan teología y geometría,
necesitan buen gusto y decencia. Sospecho que estamos
tambaleándonos al borde del abismo”. En ese vacío se recrean
los mediocres y los cretinos,los que no creen en la verdad,
esos individuos con nuevas maneras y método antiguo, destructores
de la condición humana y de la conciencia, que pretenden
regalarnos libertad a cambio de dignidad desconociendo
lo que ya sabía Manuel Azaña, que la libertad no hace
felices a los hombres, los hace sencillamente hombres. |
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Nº
8 enero 2009
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Manuel
Dominguez Moreno
Tenía
la conciencia limpia de no usarla |
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Fernando
Iriondo Oa
Colapso
financiero
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Eduard
Arnau
Telepresencia:
la nueva herramienta de productividad empresarial |
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Ramon
Vilaró
A
Barack Obama, no le saldrán las cuentas |
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