Fernando Iriondo Oa / Presidente de Iron Finanzas
Opinión
El verdadero ajuste peseta – euro
Cuando el 1 de enero del 2002 entró en vigor el euro ya como moneda única en España nadie podía prever que siete años más tarde se iba a ir produciendo el “verdadero ajuste peseta – euro”

Las circunstancias económicas generales del momento en aquel año, con un sector inmobiliario ya desbocado al alza y un sector bancario inyectando la liquidez que tenía más la que no tenía, pero la adquiría previamente en los mercados internacionales dando lugar a uno de los grandes problemas actuales como es precisamente su devolución, hicieron que en estos últimos años el ajuste fuese muy dulce, muy atenuado, muy suave, tomándolo con una cierta deportividad, primero en aquellos gastos pequeños cotidianos, luego más tarde en los precios de los productos de más valor pero todo ello al rebufo de una economía boyante donde el dinero circulaba con tal alegría que daba igual 100 pesetas que 1 euro. Esta argumentación coloquial que nos ha llevado a esta falsa paridad, ha sido la causa, en parte, de los males que hoy estamos pagando que no es ni más ni menos que un ajuste obligado, no voluntario, y traumático de que 1 euro no son ni han sido nunca 100 pesetas.
Esta simplificación popular cómoda se produjo inicialmente en los gastos mínimos diarios como son el periódico, café, cine, caña, pan etc... de una forma casi inadvertida provocando en estos últimos siete años una inflación aceptada con comodidad, donde además de los IPC correspondientes a nivel estadístico había otra inflación social derivada de la alegría y del poco esfuerzo por adaptarnos a la nueva moneda y sus paridades reales. Al día de hoy todavía subsisten en zonas rurales de España las valoraciones en pesetas de muchos productos agrícolas o ganaderos así como de los terrenos. Es habitual también el caso de ciudades donde los precios de los pisos o fincas se reflejan en pesetas en los anuncios diarios de prensa. Este contexto de poco esfuerzo personal y gubernamental, cierto desconocimiento real y una economía boyante que lo aguantaba todo permitió que no ya los gastos pequeños diarios sino que también los valores inmobiliarios y los endeudamientos de las empresas e incluso de las instituciones públicas hayan crecido de manera desaforada.
Es cierto que el volumen de facturación de las empresas en general también han crecido enormemente, pero sin embargo los sueldos medios tanto de las administraciones públicas como de las empresas, a excepción, al parecer, de las entidades inmobiliarias y del sistema bancario, si se adaptaron matemáticamente a la paridad 1 euro igual a 166,386 pesetas.
A partir de mediados del 2007 hemos entrado en un proceso de agotamiento del modelo económico de crecimiento anterior que dio lugar, entre otras cosas, a lo que definíamos como una inflación estadística y una inflación añadida social derivada del escaso ajuste peseta – euro. En los próximos meses vamos a entrar en un inicio de deflación que en el mejor de los casos puede durar varios meses pero que nos va a meter de lleno en el verdadero ajuste.
En las últimas seis décadas hemos tenido la cultura de un IPC creciente, a veces de forma desorbitada, que se moderó sustancialmente con la incorporación de España al Mercado Común Europeo y posteriormente con la implantación de la moneda única como es el euro. Este proceso inflacionario habitual ha ido generando un movimiento alcista de precios y salarios que, en ocasiones, ha producido desajustes económicos coyunturales como ocurrió a principios de los ochenta y de los noventa inclusive, pero el marco en el que se desenvuelve actualmente la economía española es totalmente diferente, especialmente por el alto endeudamiento tanto de las administraciones públicas como de las empresas y las familias.
En este contexto la deflación genera justo todo lo contrario, es decir, un proceso de caída generalizada de precios y de la actividad económica así como, consecuentemente, un aumento del paro dado que, como hemos comentado anteriormente, en la práctica los precios caen en tanto que los salarios como mínimo se mantienen, cuando no crecen por la rigidez laboral.
Hoy por hoy es imposible prever si la deflación que vamos a tener en los próximos meses va a ser coyuntural o estructural, es decir, si van a ser solo unos meses de IPC negativos o por el contrario van a afectar a la propia tasa anual durante más tiempo, al menos dos trimestres continuados para poder afirmar que estamos técnicamente en deflación. El panorama que hemos descrito es francamente preocupante pero aún podría complicarse más si esta espiral de falta de liquidez e impagos del país afectase al conjunto del sistema financiero, es decir, a los Bancos y las Cajas de ahorros en su solvencia.
No quiero ser muy pesimista pero mucho me temo que las circunstancia económicas negativas actuales que venimos comentando desde hace muchos meses (ver el primer número de Cambio Financiero en abril del 2008 ), nos hagan “caer del burro” y darnos cuenta “por las bravas” de que esto no podía ni puede seguir así. Sin entrar en quién o quienes tienen la culpa de este desasosiego económico social que sufrimos los españoles, lo cierto es que estamos a punto de entrar en un proceso de deflación, desconocido en la historia moderna económica, que aún no siendo muy fuerte va a producir un ajuste retrasado de muchos precios de productos y servicios. En un escenario de escasa liquidez en el sistema financiero, de fuerte reducción del consumo privado, de mínima actividad crediticia bancaria, de creciente aumento, aunque sea atenuado, del paro y de lógica caída de la inversión de las empresas el panorama que se nos avecina no es precisamente halagüeño y nos conduce a realizar ajustes a la baja que en algunos casos como el de los activos inmobiliarios ya están en marcha aunque todavía muy lentamente, en parte, por la resistencia de la Banca a una caída que tanto les afecta de presente y de futuro en sus cuentas de resultados directa e indirectamente.
En la economía real va a ocurrir lo mismo, sectores básicos como alimentación, textil, calzado, restauración, auxiliar de la construcción, servicios etc... o se incorpora un valor añadido especial o se revisan los precios a la baja o tendrán muy difícil la subsistencia quien no lo haga. Es duro por lo que significa para la productividad y el empleo en el país pero este ajuste ha llegado, tarde pero ha llegado, y quien no lo vea así mucho me temo que tendrá que “atarse los machos” si quiere sobrevivir en el sector económico empresarial en el que desenvuelva su actividad.

Portada

Nº 10 marzo 2009
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Opinión
Manuel Dominguez Moreno
Cómo aprovechar una buena crisis
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Fernando Iriondo Oa
El verdadero ajuste peseta – euro
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Eva Pavo
La competitividad, el reto de lo posible
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José Alberto Calvo González
Nuestro mercado laboral
¡Una gran apuesta!
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Ramon Vilaró
Desde España, al “Made in USA”
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